La Historia de Robin

El 21 de enero de 2010, tenía 34 años cuando resulté herida en un grave accidente automovilístico con un conductor ebrio. Estuve alerta y ágil en la escena del accidente, pero igualmente me trasladaron al Hospital St. Francis en Poughkeepsie, Nueva York para recibir tratamiento por fracturas de la nariz y de un dedo. Recuerdo haber llegado a la sala de emergencias del hospital y todo el accidente. Lo siguiente que recuerdo fue haberme dado cuenta de que estaba conectada a un respirador artificial en el hospital y no podía mover el cuello, el brazo izquierdo y la pierna izquierda. Después de que me sacaron el respirador artificial, mi familia y un neurólogo me explicaron que había sufrido cinco ataques cerebrovasculares isquémicos bilaterales mientras estaba en la sala de emergencias del St. Francis Hospital. De allí, me transportaron en avión al Westchester Medical Center en Hawthorne, Nueva York, y me internaron en la unidad de cuidados intensivos neurológicos. Los ataques cerebrovasculares se produjeron por una lesión poco común sufrida en el accidente. El traumatismo cervical extremo que sufrí en el accidente desgarró la arteria carótida interna y la arteria vertebral. Los médicos no sabían qué efectos tendrían los ataques cerebrovasculares en mi vida debido a la lesión fuera de lo común que había sufrido.

El 28 de enero de 2010, la hinchazón del cerebro había disminuido lo suficiente como para que me pudieran transferir a una sala de terapia intermedia en la unidad de Neurología del Westchester Medical Center; allí se pudo apreciar en detalle la magnitud de los daños y las limitaciones. Tenía dificultades para hablar y a veces decía incoherencias, tenía una disfunción completa del lado izquierdo del cuerpo y mis habilidades cognitivas pasaron de una educación de nivel de maestría a un nivel de escuela primaria. Era incapaz de realizar las tareas más básicas como mantener la cabeza erguida y comer por mí misma. También tenía problemas de percepción visual, visión limitada en el ojo izquierdo y falta total de visión periférica del lado izquierdo. Con frecuencia, me sentía cansada después de una mínima actividad.

En el Westchester Medical Center di mis primeros pasos después de los ataques cerebrovasculares. Mi equilibrio dejaba mucho que desear y realmente sentía como si estuviera caminando sobre bolas de billar. Esta fue la primera vez que tomé conciencia plenamente del arduo trabajo que tenía por delante y entendí por qué todos los profesionales que me atendieron me dijeron que necesitaría una rehabilitación hospitalaria intensiva. Recuerdo que me sentí muy orgullosa de mi intento de caminar y, a la vez, me asustaba la idea de ir a un hospital de rehabilitación.

El 12 de febrero de 2010 me trasladaron al Helen Hayes Hospital en West Haverstraw, Nueva York, para comenzar una rehabilitación hospitalaria intensiva que consistía en fisioterapia, además de terapia ocupacional, del habla, recreativa y de masajes. Durante cinco días a la semana, seis horas al día, traté de superar el dolor, la fatiga y la frustración para fortalecer, coordinar y mover mi lado izquierdo mientras volvía a entrenar al cerebro para realizar las tareas más sencillas que normalmente haría sin pensar.

Con la ayuda, el apoyo y el aliento de mi terapeuta, las enfermeras y mi médico, el Dr. Greenberg, además de mi familia y mis amigos volví a aprender las tareas básicas que había perdido como consecuencia de los ataques cerebrovasculares. Cada uno de ellos tuvo un papel fundamental en animarme y ayudarme a mantener la concentración y determinación para lograr mis metas en la rehabilitación.

El 18 de marzo de 2010, había progresado lo suficiente como para recibir el alta y volver junto a mi esposo y mi gato, Coyote. Caminaba con un bastón cuando empecé el tratamiento ambulatorio en el Northern Dutchess Hospital en Rhinebeck, Nueva York. Recibía terapia del habla y ocupacional, y fisioterapia tres veces a la semana como ayuda para mi rehabilitación. En julio de 2010, había finalizado la terapia del habla y caminaba sola, sin el bastón. Solo necesitaba fisioterapia y terapia ocupacional dos veces por semana. En diciembre de 2010, finalicé toda la terapia y logré todas las metas que me había fijado en cuanto a mi terapia ambulatoria.

Pronto me sentí inquieta en casa y tuve la necesidad de devolverle algo a la comunidad. Entonces, me uní a un grupo de apoyo para personas que sufrieron ataque cerebrovascular y rápidamente me convertí en voluntaria en un hospital dentro de la unidad de rehabilitación hospitalaria. Ayudo, apoyo, y doy aliento y estímulo a pacientes que se sometieron a cirugías por ataques cerebrovasculares y diversas artroplastías de articulación en el proceso para lograr sus metas de rehabilitación.

En abril de 2011, estaba lista para aprender a conducir nuevamente. Por recomendación de mi terapeuta ocupacional y mi neurólogo, tuve que realizar una rehabilitación para conductores para volver a conducir. Así pues después de numerosas lecciones en la Escuela de rehabilitación para conductores de Hudson Valley y con ayuda de mi esposo, recuperé el privilegio de conducir de manera independiente en junio de 2011. En agosto de 2011, mi esposo y yo compramos un vehículo para mí, para reemplazar el que se destruyó en el accidente.

Actualmente y dos años después de los ataques cerebrovasculares, los efectos persistentes son la espasticidad en mi mano y brazo izquierdos, y una pérdida permanente de la visión periférica en mi ojo izquierdo. Sigo trabajando como voluntaria en el hospital y, una vez al mes, asisto a un grupo de apoyo para personas que sufrieron ataque cerebrovascular. También estoy trabajando para obtener una maestría de posgrado en Consejería de Rehabilitación a fin de poder rendir el examen de certificación como Consejero de Rehabilitación Vocacional Nacional. Mi meta final todavía es la recuperación de mi independencia económica y estoy trabajando con una agencia de rehabilitación vocacional para lograrla.

La experiencia de ser un sobreviviente de ataques cerebrovasculares nos enseñó a mi familia y a mí lecciones profundas de que nunca nada puede darse por sentado y el simple hecho de que el espíritu humano puede superar cualquier trauma que sufra el cuerpo. Hay una vida que vale la pena vivir después de un ataque cerebrovascular. Para seguir comprometidos con este mensaje, mi esposo y yo hicimos de la visita al Helen Hayes Hospital una tradición para agradecer a los terapeutas y al personal médico que me ayudaron en mi camino de regreso a una nueva normalidad.