La Historia de Mitchell

Después de mi ataque cerebrovascular a los cinco años, los médicos me dijeron que quizás nunca volvería a caminar; mi fisioterapeuta dijo “ya lo veremos”. Ahí es donde comenzó mi largo camino hasta convertirme en fisioterapeuta.

Tuve un ataque cerebrovascular en 1987 cuando tenía cinco años. Tenía un tumor cerebral benigno que era un defecto de nacimiento. En ese momento tenía cinco años, el tumor era del tamaño de una pelota de golf y se había adherido a mi arteria cerebral media izquierda. Hasta que se descubrió el tumor, tenía convulsiones que fueron empeorando cada vez más. Al principio, solo eran episodios de soñar despierto. Pero gradualmente se volvieron más complicados. Finalmente, mi mamá me llevó al médico local cuando tenía cuatro años. Se determinó que era alérgico a la leche sin hacer ningún otro estudio más que las pruebas de diagnóstico más superficiales. Cuando tenía cinco años, las convulsiones consistían en lo siguiente: Podía estar jugando con mi hermano mayor cuando de repente entraba en trance. Empezaba a caminar hacia mi madre y me sentaba en su regazo o me quedaba parado a su lado durante un minuto o dos. Durante ese tiempo, ella trataba por todos los medios de que reaccionara, pero yo no podía responder. Seguía caminando hacia el baño, vomitaba y me desplomaba. Alérgico a la leche… bueno.

En ese momento, mis padres ya no pudieron confiar más en el médico original, así que decidieron obtener una segunda, una tercera e incluso una cuarta opinión para asegurarse de que se hubiera encontrado el diagnóstico real y este fuera el correcto. Cuando se confirmó el diagnóstico del tumor en UMass Medical mediante una tomografía computada y una resonancia magnética, me enviaron al Boston Children’s Hospital para someterme a una cirugía. Cualquiera que conozca sobre las arterias sabe cuán frágiles son, especialmente cuando se debe extirpar un tumor de una de ellas. Es por eso que cuando se extrajo el tumor, mi arteria cerebral media izquierda tuvo una hemorragia que originó mi ataque cerebrovascular.

Cuando salí del quirófano (no recuerdo esto, en realidad), miré fijamente a mis padres y luego al cirujano que acababa de salvarme la vida y dije “loo… oodiio…”. Él les sonrió a mis padres y dijo “no es nada del otro mundo, me lo dicen todo el tiempo”. Era un médico con un gran sentido del humor, además de ser un excelente profesional en todo sentido, porque me salvó la vida.

Mi lado afectado (el derecho), estaba totalmente flácido después de la operación. Además de todo eso, tuve afasia anómica. Según los libros, las características de la afasia anómica son, entre otras, dificultades para usar los nombres correctos de personas, lugares o cosas; hablar con vacilación debido a la dificultad para pronunciar las palabras; dificultades para encontrar las palabras que pueden ser evidentes al escribir como al hablar; posibles problemas en la capacidad de lectura y saber qué hacer con un objeto, pero aun así ser incapaz de nombrar ese objeto. Tuve cada una de estas características al principio, pero pude superarlas con la terapia del lenguaje que tuve durante seis años después del ataque cerebrovascular.

Después de la cirugía de extirpación del tumor, los médicos les dijeron a mis padres que posiblemente nunca volvería a caminar. La palabra clave era “POSIBLEMENTE”, pero mis padres la interpretaron como que efectivamente “nunca” volvería a caminar. Eso fue hasta que empecé la rehabilitación. Mi fisioterapeuta fue la primera terapeuta que vi y mis padres le dijeron que, según el médico, NUNCA volvería a caminar. Ella sonrió y dijo “ya lo veremos; ningún pronóstico es definitivo cuando se trata de la rehabilitación de un ataque cerebrovascular”. Pude comprender estas cosas cuando mis padres me las contaron más adelante en la vida.

Fue a través de la fisioterapia que a los tres meses pude volver a caminar y en un lapso de seis meses pude correr y jugar con los otros niños. Seguí con fisioterapia hasta sexto grado cuando la práctica del deporte tuvo prioridad sobre la fisioterapia. Claro, yo podía caminar y correr, aunque tenía el pie caído e inestabilidad lateral en el tobillo, pero mi mano fue un caso diferente. Descuidé bastante mi mano hasta que mi mamá me inscribió en una terapia de movimiento inducido por restricción durante dos semanas un verano mientras estaba en la secundaria. Con esta terapia, conservé el uso de mis dedos índice y pulgar para tomar objetos, pero seguí descuidando el uso de la mano durante mi primer año en la universidad.

Fui a la Universidad de Boston a estudiar un semestre de Ingeniería Aeroespacial y luego un semestre de Astrofísica. Mientras tanto la espasticidad fue aumentando en los músculos de mi codo, antebrazo, mano y muñeca. Vi esto y también vi que mi vida no iba como yo quería. Terminé abandonando la Universidad de Boston y me tomé un año sabático para volver a evaluar mi vida.

Ese verano, comencé a diseñar mi propio régimen de terapia con elementos de uso cotidiano (un tubo de PVC, una pelota de baloncesto, lapicera y papel, tazas, utensilios, etc.). Con esto comencé a ver que parte de mi control regresaba y, por primera vez, me interesé por los fundamentos lógicos que respaldan las intervenciones de la terapia de rehabilitación que había realizado. Entonces empecé a observar de cerca a los fisioterapeutas locales para entender cómo era la rehabilitación desde el punto de vista del terapeuta. Estaba fascinado con sus descripciones de los fundamentos lógicos de sus intervenciones. Quería saber más para aplicarlo a mí mismo y, posiblemente, para ayudar a otros si era capaz de convertirme en un terapeuta. Así fue que comencé nuevamente a enviar solicitudes de inscripción y visitar universidades hasta que finalmente entré al programa Máster en Fisioterapia (Master of Physical Therapy, MPT) de la Universidad Quinnipiac.

Hoy soy un fisioterapeuta autorizado en el estado de Nueva York. Trabajo en un centro de enfermería especializada de un hospital regional local en el norte del estado. Gracias a la fisioterapia, he logrado muchas de las metas de mi vida y sigo trabajando constantemente para recuperar el control y el uso de mi mano derecha. Es también gracias a la fisioterapia que trabajo con empeño todos los días para ayudar a las personas a lograr sus metas de recuperar la movilidad funcional. Algunas personas creen que el ataque cerebrovascular es una maldición. En mi caso, mi ataque cerebrovascular fue una bendición porque me convirtió en quien soy hoy: un fisioterapeuta que realmente puede identificarse con la tarea difícil pero gratificante de ayudar a las personas en su rehabilitación mediante la fisioterapia.

 

Historia de National Stroke Association